Hace un tiempo escribí un post sobre la crítica y cómo utilizarla como herramienta de mejora continua. Hoy quiero hablar del conflicto: enfrentamiento, oposición, desacuerdo, tema de discusión.
El conflicto es una palabra con connotaciones negativas. La mayoría de las personas tiende a evitarlo. Pero, ¿y si le damos la vuelta? ¿Y si lo miramos como una herramienta útil?
El borrador de este post nació tras ver la charla TEDx de Margaret Heffernan, Atrévase a disentir.
Llevo muchos años trabajando en mi desarrollo personal y utilizando recursos de coaching. Una de las ideas que más me ha acompañado es trascender la dualidad: muchas cosas no son buenas o malas en sí mismas. Todo depende del enfoque y del uso que hacemos de ellas.
Vivimos en un mundo lleno de gustos, intereses, necesidades y puntos de vista distintos. En ese contexto, el conflicto es inevitable en la vida de relación entre personas y grupos. No es necesariamente negativo, ni tiene por qué evitarse, ni debe asociarse automáticamente a violencia. Bien entendido y bien gestionado puede convertirse en una herramienta de evolución y desarrollo.
Una sociedad donde no surgieran conflictos sería una sociedad estancada. La clave está en aprender a manejarlos y utilizarlos de forma constructiva, como combustible para el desarrollo personal y social.
Prueba de la importancia de resolver conflictos de forma positiva es la aparición creciente de departamentos de mediación en ámbitos muy diversos: judicial, educativo, empresarial, comercial, policial o internacional. Aún queda camino por recorrer, pero cada vez se reconoce más el valor de esta práctica. No es casual que el 21 de enero se celebre el Día Europeo de la Mediación.
“A veces es mejor tener paz que tener razón”.
Veamos por qué el conflicto puede convertirse en un recurso valioso.
Casi todo el mundo tiene experiencias negativas asociadas al conflicto. Muy pocas personas han sido educadas para desarrollar habilidades como pensar críticamente, refutar, argumentar o debatir de forma constructiva.
Si hiciéramos el ejercicio de preguntar: “¿qué te viene a la mente cuando escuchas la palabra conflicto?”, lo más probable es que la mayoría respondiera con algo negativo.
Sin embargo, como explica Margaret Heffernan, deberíamos aprender desde jóvenes a disentir. A expresar desacuerdo con respeto, a decir lo que pensamos de forma constructiva, a no temer generar oposición cuando es necesaria.
Algunos centros educativos ya incorporan asignaturas de oratoria o talleres de debate. Me parecen iniciativas muy valiosas, siempre que se acompañen también de educación emocional y habilidades sociales. Las habilidades técnicas y las habilidades humanas deben desarrollarse juntas.
Relacionado con esto, hace poco leí sobre el perfil del desviado constructivo: personas capaces de cuestionar lo establecido y actuar con cierta rebeldía creativa. En muchos casos son fuente de grandes ideas. Contar con perfiles así dentro de los equipos de trabajo suele ser enormemente enriquecedor. El inconformismo, desafiar el status quo o explorar nuevos límites también pueden tener una finalidad positiva.
En mi opinión, no deberíamos temer al conflicto. Podemos entenderlo como una forma de pensamiento, incluso como una herramienta de trabajo. La clave está en dirigirlo hacia ideas, proyectos o situaciones, nunca hacia las personas.
El conflicto no tiene por qué ser personal. Bien enfocado sirve para pulir ideas, desarrollarlas mejor, ponerlas a prueba y fortalecer los equipos.
Carl Jung pensaba que el conflicto es la esencia misma de la vida y un requisito previo para el crecimiento personal y espiritual. La vida no puede vivirse en abstracto. Solo cuando nos enfrentamos conscientemente a los conflictos que aparecen podemos comprendernos mejor y avanzar.
Jung defendía que tomar conciencia, afrontar y resolver los conflictos es el camino hacia una paz auténtica, aunque el proceso a veces resulte incómodo o doloroso.
Por eso, tal y como lo veo, el conflicto en sí mismo no es el problema. El problema aparece cuando proyectamos nuestras propias tensiones internas sobre los demás.
Disentir es natural. No estar de acuerdo también. Lo importante es aprender a gestionar esas situaciones de forma respetuosa y enriquecedora. Respetar los límites de los demás y saber defender los propios.
“Donde terminas tú, empiezo yo.” (Anne Katherine)
Quizá por eso existe también el Día Mundial de la Palabra, que se celebra el 23 de noviembre. Una iniciativa impulsada por la Fundación César Egido Serrano y presentada ante la ONU con un objetivo claro: promover el diálogo como herramienta para resolver conflictos.
Porque, al final, la palabra sigue siendo uno de los puentes más poderosos entre las personas.
“La palabra es el vínculo entre los pueblos y el lenguaje es la estructura que nos une y nos singulariza como seres humanos.”

»El conflicto es luz y sombra, peligro y oportunidad, estabilidad y cambio, fortaleza y debilidad, el impulso para avanzar y el obstáculo que se opone. Todos los conflictos contienen la semilla de la creación y la destrucción». (Sun Tzu – El arte de la guerra)