En comunicación hay una máxima que no caduca: no gana el que tiene razón, sino el que sabe explicarla mejor. Y eso lo encarna a la perfección Nick Naylor, el carismático portavoz de la industria tabacalera en la película “Gracias por Fumar” (2005), dirigida por Jason Reitman.
Más que una sátira sobre el tabaco, la película es una lección de estrategia comunicativa sobre cómo las grandes corporaciones moldean la opinión pública. Nos enfrenta a una verdad incómoda: quien domina el relato, domina la percepción.
El comunicador perfecto: carisma, control y contradicción
Nick Naylor es el epítome del comunicador corporativo eficaz:
- Domina el discurso: no responde, redirige. Ante una acusación, no se defiende: cambia el marco de conversación.
- Evita la confrontación directa: cuando le preguntan si el tabaco mata, responde que lo importante es la libertad de elección. No niega el hecho, desplaza el debate.
- Personaliza la narrativa: convierte una causa impopular en un relato humano, incluso heroico. No vende cigarrillos, vende independencia.
En una escena clave, su hijo le pregunta si no se siente mal por defender algo peligroso. Su respuesta resume toda una filosofía de comunicación corporativa:
“Mi trabajo consiste en hablar bien de algo que otros consideran malo. Si consigo convencerte, gano.”
🏢 Relaciones públicas o el arte de la influencia
A lo largo del film, vemos cómo Naylor usa las relaciones públicas no solo para limpiar la imagen de su industria, sino para sembrar duda, construir narrativa y ganar tiempo. Estas son algunas de sus tácticas más brillantes (y peligrosas):
- Control del lenguaje y los marcos mentales
- Gestión estratégica de medios y apariciones públicas
- Lobby y alianzas improbables
- Storytelling de supervivencia corporativa
Lo que las empresas deberían aprender
Gracias por Fumar refleja con humor ácido un hecho real: las relaciones públicas son utilizadas para moldear la percepción del público hacia las corporaciones, especialmente cuando estas se enfrentan a crisis de reputación.
Durante décadas, industrias como la tabacalera, la armamentística, la petrolera o incluso la farmacéutica han usado estrategias similares:
- Financiar estudios que generen “duda razonable”.
- Crear fundaciones con fines sociales para equilibrar su imagen.
- Promover mensajes de “elección personal” o “libertad de consumo”.
- Utilizar embajadores mediáticos y campañas emocionales para desviar la conversación del riesgo hacia la responsabilidad individual.
El mérito de la película está en que no caricaturiza: muestra la maquinaria de las relaciones públicas tal y como funciona en el mundo real.
Lecciones para los profesionales de la comunicación
Más allá de su ironía, Gracias por Fumar es una clase magistral sobre cómo usar —y abusar— de la comunicación. Como profesionales, nos deja algunas lecciones que vale la pena recordar:
- No todo mensaje brillante es ético. La comunicación puede ser eficaz y a la vez moralmente reprobable.
- El poder del relato supera al dato. Un buen argumento emociona más que una tabla estadística.
- El silencio es peor que la crítica. Las marcas deben hablar, explicar, escuchar y rectificar si es necesario.
- La credibilidad es la moneda más valiosa. No se compra con campañas, se gana con coherencia.
En un mundo saturado de discursos, Gracias por Fumar nos recuerda que la comunicación corporativa no solo debe ser eficaz, sino responsable. Porque cuando una empresa defiende lo indefendible, el problema no es su estrategia: es su propósito.
Y ahí está la gran diferencia entre comunicar para convencer y comunicar para construir confianza. El protagonista domina la primera. Los profesionales de la comunicación que quieran construir una realidad positiva, deberían aspirar a la segunda.
»He aprendido a no intentar convencer a nadie. Convencer es una falta de respeto, es un intento de colonización del otro» -José Saramago-
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