Cómo aprender a cuidar aquello que sostiene nuestra vida
Cuando hablamos de sostenibilidad solemos mirar hacia el cielo. Nos preocupan el cambio climático, las emisiones de gases de efecto invernadero, la calidad del aire o la transición energética. Miramos al mar para hablar de contaminación por plásticos y pérdida de biodiversidad marina. También prestamos atención a los bosques, los ríos o las especies amenazadas.
Sin embargo, rara vez dirigimos la mirada hacia el lugar donde comienza prácticamente toda la vida terrestre: el suelo.
Bajo nuestros pies existe un ecosistema extraordinariamente complejo y vivo del que depende nuestra alimentación, la calidad del agua que bebemos, el almacenamiento de carbono, la biodiversidad e incluso nuestra capacidad para adaptarnos al cambio climático. Aun así, sigue siendo uno de los recursos naturales más desconocidos y menos valorados por la sociedad.
Quizá porque siempre ha estado ahí, damos por hecho que el suelo es un recurso inagotable. Pero no lo es. Formar apenas unos centímetros de suelo fértil puede requerir cientos o incluso miles de años, mientras que degradarlo puede llevar solo unas décadas.
La sostenibilidad del siglo XXI no dependerá únicamente de producir energía limpia o reducir emisiones. También dependerá de cómo gestionemos el territorio que habitamos.
Mucho más que tierra
A menudo utilizamos las palabras tierra y suelo como si fueran sinónimos, pero no significan lo mismo.
El suelo es un ecosistema vivo formado por minerales, materia orgánica, agua, aire y una inmensa comunidad de microorganismos, hongos, insectos y pequeños animales que interactúan constantemente. Se calcula que una sola cucharada de suelo sano puede albergar miles de millones de microorganismos pertenecientes a miles de especies distintas.
Esa actividad biológica hace posible procesos esenciales para la vida:
- Produce cerca del 95 % de los alimentos que consumimos.
- Filtra y almacena agua.
- Recicla nutrientes.
- Alberga aproximadamente una cuarta parte de la biodiversidad del planeta.
- Actúa como uno de los mayores reservorios terrestres de carbono.
En otras palabras, el suelo trabaja silenciosamente para nosotros todos los días.
Sin embargo, solemos acordarnos de él únicamente cuando aparecen problemas como la erosión, la desertificación, los incendios forestales o las inundaciones.
El problema no es el suelo, sino cómo lo gestionamos
Con frecuencia hablamos de erosión, contaminación o pérdida de biodiversidad como si fueran problemas independientes. En realidad, la mayoría tienen un origen común: la forma en que utilizamos el territorio.
Durante décadas hemos planificado el suelo atendiendo principalmente a criterios económicos inmediatos, olvidando que cada hectárea posee unas características ecológicas que conviene respetar.
Cuando un uso del suelo no es compatible con su capacidad natural, empiezan a aparecer las consecuencias.
Entre las principales formas de mala gestión destacan:
- Agricultura intensiva sin prácticas regenerativas.
- Sobreexplotación de los recursos agrícolas.
- Erosión causada por la pérdida de cubierta vegetal.
- Sellado del suelo mediante urbanización e infraestructuras.
- Expansión urbana desordenada.
- Mala gestión del agua de riego, que favorece la salinización.
- Sobrepastoreo en determinadas zonas.
- Deforestación y sustitución de ecosistemas naturales.
- Contaminación por actividades industriales y residuos.
- Pérdida de materia orgánica.
- Compactación del suelo por maquinaria pesada.
- Fragmentación del paisaje.
- Abandono del medio rural.
- Conversión de tierras agrícolas fértiles en suelo urbanizable.
- Acaparamiento de tierras (land grabbing), que concentra grandes superficies en manos de inversores y limita el acceso de comunidades locales.
Aunque puedan parecer problemas diferentes, todos tienen algo en común: reducen la capacidad del suelo para seguir prestando los servicios de los que depende nuestra calidad de vida.
Cuando el suelo enferma, todo se resiente
La degradación del suelo tiene consecuencias que van mucho más allá de la agricultura. Un suelo erosionado infiltra menos agua, lo que favorece inundaciones cuando llueve intensamente y reduce las reservas hídricas durante las sequías. Un suelo pobre en materia orgánica almacena menos carbono y contribuye al calentamiento global. La pérdida de microorganismos afecta a la fertilidad natural y aumenta la dependencia de fertilizantes químicos. La fragmentación del territorio dificulta el movimiento de especies y reduce la biodiversidad. Y cuando el suelo pierde productividad, muchas zonas rurales dejan de ser económicamente viables, favoreciendo el despoblamiento.
Todo está conectado.
Por eso resulta imposible hablar de cambio climático, seguridad alimentaria, biodiversidad o desarrollo rural sin hablar también de la salud del suelo.
Pensar el territorio de otra manera
Durante muchos años hemos planteado el desarrollo como si existiera una elección entre crecimiento económico y protección ambiental. Sin embargo, investigaciones recientes muestran que esa dicotomía es cada vez menos válida.
Un estudio internacional publicado en la revista Science y liderado por la Universidad de Minnesota concluye que una mejor planificación del uso del suelo permitiría mejorar simultáneamente la conservación de la biodiversidad, la mitigación del cambio climático y los beneficios económicos.
La clave no está en producir menos, sino en producir mejor. No se trata de dejar de cultivar, de construir o de generar riqueza. Se trata de hacerlo allí donde tiene sentido y de la manera más compatible posible con el funcionamiento de los ecosistemas.
La sostenibilidad no consiste en frenar el desarrollo, sino en orientar el desarrollo hacia modelos que respeten los límites del territorio.
Cuando la naturaleza demuestra que sí es posible
La buena noticia es que no partimos de cero. En distintos lugares del mundo existen proyectos que demuestran que restaurar el suelo es posible y que hacerlo genera beneficios ambientales, sociales y económicos.
Uno de los ejemplos más conocidos es la Meseta de Loess, en China.
Durante décadas fue considerada una de las regiones más degradadas del planeta. La erosión había eliminado buena parte del suelo fértil y millones de toneladas de sedimentos llegaban cada año al río Amarillo. La recuperación no se consiguió mediante una única gran infraestructura. Se logró combinando medidas sencillas: restauración de la vegetación, construcción de terrazas agrícolas, regulación del pastoreo y participación activa de las comunidades locales.
Hoy la productividad agrícola ha aumentado, la biodiversidad se ha recuperado y la erosión se ha reducido de forma espectacular.
En África encontramos otro ejemplo inspirador.
En Níger, el agrónomo Tony Rinaudo impulsó la llamada Regeneración Natural Gestionada por Agricultores. En lugar de plantar millones de árboles, descubrió que muchas raíces seguían vivas bajo tierra. Bastó con proteger los nuevos brotes y gestionar adecuadamente su crecimiento para recuperar millones de hectáreas de paisaje agrícola. La naturaleza ya tenía preparada la solución.
Solo necesitaba que dejáramos de impedir su recuperación.
También la Gran Muralla Verde africana ha evolucionado hacia un enfoque mucho más amplio que la simple plantación de árboles.
Hoy busca restaurar paisajes completos, recuperar suelos, mejorar la agricultura, crear empleo y aumentar la resiliencia frente al cambio climático.
En Japón, el modelo Satoyama demuestra desde hace siglos que la actividad humana y la conservación de la naturaleza pueden convivir cuando existe una gestión equilibrada del territorio.
Y en España contamos con uno de los mejores ejemplos del mundo: la dehesa.
Este sistema agroforestal combina árboles, pastos, ganadería extensiva y biodiversidad en un mismo paisaje, generando alimentos de calidad mientras conserva suelo, almacena carbono y mantiene una extraordinaria riqueza ecológica.
Más que una tradición, representa una forma inteligente de entender la sostenibilidad.
También las ciudades necesitan recuperar suelo vivo
Cuando pensamos en restauración solemos imaginar grandes espacios naturales. Sin embargo, las ciudades también tienen mucho que ganar.
Cada vez más municipios europeos están eliminando superficies impermeables para crear jardines de lluvia, recuperar ríos urbanos, instalar pavimentos permeables y aumentar las zonas verdes. Estas actuaciones ayudan a infiltrar agua, reducir las inundaciones, disminuir el efecto isla de calor y mejorar la calidad de vida #Depaving
Además, devuelven al suelo parte de las funciones ecológicas que nunca debió perder.
El paisaje también se respira
En los últimos años, la investigación científica ha comenzado a estudiar un concepto tan sugerente como revelador: los paisajes olfativos (smellscapes).
Se refiere al conjunto de aromas que caracterizan un lugar y que influyen, muchas veces de forma inconsciente, en nuestro bienestar, nuestras emociones y nuestra percepción del entorno. El olor de un bosque después de la lluvia, la tierra húmeda, la brisa marina o un campo de romero forman parte de un patrimonio natural tan valioso como un paisaje o un río.
Diversos estudios muestran que los olores naturales contribuyen a reducir el estrés, favorecer el bienestar psicológico y fortalecer el vínculo emocional con la naturaleza. Conservar un territorio también significa conservar su identidad sensorial.
Porque la sostenibilidad no solo se ve. También se respira.
Una nueva cultura del suelo
Durante mucho tiempo hemos hablado de cultura del agua, cultura energética o cultura climática. Quizá haya llegado el momento de incorporar otro concepto: la cultura del suelo.
Significa comprender que el territorio no es únicamente un soporte físico sobre el que construimos carreteras, ciudades o explotaciones agrícolas. Es un sistema vivo que sostiene nuestra economía, nuestra alimentación, nuestra salud y nuestro bienestar. Cada decisión sobre el uso del suelo deja una huella que puede permanecer durante generaciones.
Por eso necesitamos una planificación territorial capaz de integrar ciencia, economía, agricultura, biodiversidad y participación ciudadana.
No podemos seguir viendo el suelo como un recurso ilimitado. Debemos empezar a verlo como el patrimonio natural estratégico que realmente es.
Mirar hacia abajo para mirar hacia adelante
Vivimos una época marcada por grandes transformaciones. La transición energética, la digitalización o la inteligencia artificial ocupan buena parte del debate público. Pero existe otra transición igual de importante y mucho menos visible:
la transición hacia una forma más inteligente de gestionar el territorio.
El futuro también depende de nuestra capacidad para comprender algo tan sencillo como profundo: que la naturaleza lleva millones de años resolviendo problemas que apenas empezamos a entender.
Cuidar el suelo no significa únicamente conservar un recurso natural. Significa proteger la base sobre la que se sostiene nuestra alimentación, nuestra biodiversidad, nuestro clima y nuestra calidad de vida.
Porque, al final, el suelo no es simplemente el lugar sobre el que caminamos.
Es el lugar desde el que empieza todo.
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«La nación que destruye su suelo se destruye a sí misma.» F. D. Roosvelt
«Una civilización que pierde su suelo pierde su futuro.» Lester R. Brown