I CHING. Vida interior y desarrollo de la consciencia

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Este 2025 he retomado una práctica que dejé hace un tiempo: meditar con I Ching.

Desde que he vuelto a integrar el I Ching en mi práctica diaria, mis mañanas han adquirido una vibración nueva. No lo utilizo como un oráculo para predecir el futuro ni para responder preguntas concretas sobre algo o alguien. Lo utilizo como una herramienta de meditación y crear un espacio de encuentro con algo más grande que yo (el Tao, como lo llama el I Ching) que facilita elevar, día a día, mi nivel de consciencia.

Cada mañana, al levantarme, antes de que el día comience a desplegar su ruido y sus demandas, me detengo. Respiro. Me siento. El I Ching se convierte entonces en la primera puerta que cruzo conscientemente (acompañada de una bebida caliente y de  música relajante). No hay prisa ni expectativas. Solo disposición para escuchar. El hexagrama que aparece no viene a decirme qué va a pasar, sino a mostrarme un paisaje interior sobre el que meditar.

No formulo preguntas concretas. No busco respuestas cerradas. Medito sobre el hexagrama que surge, sobre su imagen, sus líneas, su atmósfera simbólica. Lo observo como se observa un cuadro o un sueño. Dejo que sus palabras y símbolos se posen en mi interior y resuenen con lo que hay en mi vida y con lo que soy, en ese momento. Cada línea y cada hexagrama, es una invitación a mirar con más profundidad, a afinar la percepción, a habitar el presente con mayor lucidez.

El lenguaje del I Ching es, en sí mismo, una obra de belleza y profundidad difícil de expresar con palabras modernas. Es un lenguaje simbólico, poético y esencial, nacido de la observación paciente de la naturaleza, de los ciclos, de los cambios y de la condición humana. Cada hexagrama condensa un conocimiento ancestral desarrollado a lo largo de milenios, un ritual de sabiduría transmitido no para dominar la vida, sino para comprenderla. Sus imágenes, formadas por líneas simples, contienen una complejidad asombrosa. Hablan del movimiento y de la quietud, de la luz y de la sombra, del avance y de la retirada. Meditar con este lenguaje es entrar en diálogo con una ancestral inteligencia que no impone, sino que sugiere; que no sentencia, sino que acompaña. En esa sencillez cargada de sentido encuentro una belleza serena y una forma de conocimiento que no busca imponerse a la razón, sino abrazarla desde un lugar más profundo.

En el corazón del I Ching late el principio del yin y el yang, no como una oposición rígida, sino como una danza constante de fuerzas complementarias. Luz y sombra, expansión y recogimiento, acción y reposo no se excluyen, se necesitan y complementan. Cada hexagrama es una expresión viva de las múltiples y variadas formas en que estas dos energías se relacionan, se transforman y se equilibran. Ninguna permanece fija, ninguna es absoluta. El I Ching enseña que todo está en movimiento, que incluso lo aparentemente estable contiene ya el germen del cambio. Meditar desde esta comprensión amplía la mirada y suaviza los juicios, porque invita a aceptar la complejidad de la vida tal como es, con sus matices, sus ritmos y sus procesos invisibles.

Esta práctica forma parte de mis hábitos y rutinas dedicados a cultivar mi vida interior, algo que para mí es esencial. Así como cuidamos el cuerpo o entrenamos la mente, también necesitamos espacios donde nutrir la consciencia, el espíritu y el alma. El tiempo que dedico cada mañana al I Ching es un tiempo de siembra. No siempre sé qué brotará, pero confío en el proceso. Antes de salir al mundo, ya he habitado el silencio. Antes de opinar, ya he escuchado. Antes de actuar, ya he observado.

El símbolo del día me acompaña como una presencia sutil que me recuerda que la vida es cambio, relación y proceso. El I Ching no me ofrece certezas, me ofrece perspectiva. No me da respuestas rápidas, me enseña a formular mejores preguntas. Y en ese aprendizaje continuo descubro una forma delicada, inspiradora y consciente de estar en el mundo.

Cultivar esta práctica ha transformado mi manera de vivir el tiempo y de relacionarme conmigo misma: no busco controlar, sino comprender cómo moverme dentro de lo que sucede. El I Ching me recuerda que la consciencia se cultiva en lo cotidiano, en el silencio, en la atención. Que todo lo que necesito o aspiro a conseguir, está ya en mi interior esperando a ser manifestado en el exterior.

 

«Al dejar ir lo que se es, uno se convierte en lo que podría ser.»

i ching yolanda

 

El porvenir es tan irrevocable
como el rígido ayer. No hay una cosa
que no sea una letra silenciosa
de la eterna escritura indescifrable

cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja
de su casa ya ha vuelto. Nuestra vida
es la senda futura y recorrida.
El rigor ha tejido la madeja.

No te arredres. La ergástula es oscura,
la firme trama es de incesante hierro,
pero en algún recodo de tu encierro

puede haber un descuido, una hendidura.
El camino es fatal como la flecha
pero en las grietas está Dios, que acecha.

(Jorge Luis Borges)

El poema de Borges sobre el I Ching parece decirnos algo profundamente sereno y a la vez inquietante: vivimos dentro de un tiempo que ya existe antes de que lo comprendamos. Como si cada instante fuera una letra de un libro inmenso que nadie alcanza a leer por completo. El pasado es irrevocable, pero el futuro también posee esa misma consistencia silenciosa, como si la vida fuera una senda que avanzamos paso a paso y que, sin embargo, ya estuviera trazada desde siempre.

Esta idea conduce a una forma distinta de conciencia. El poema sugiere que la existencia tiene una trama, un rigor que ha tejido la madeja de nuestras circunstancias. No todo depende de nuestra voluntad, ni todo es azar. Hay corrientes que nos preceden y que nos sostienen: ciclos, procesos, decisiones antiguas, fuerzas invisibles que modelan el camino. En ese sentido, el I Ching no aparece como un instrumento para adivinar el futuro, sino como una forma de acercarse humildemente a ese orden profundo que nos supera.

Borges introduce una intuición decisiva: incluso dentro de la estructura más firme puede aparecer una hendidura. Aunque la trama sea de hierro, aunque el camino avance como una flecha, siempre puede haber un pequeño resquicio o abertura. Y es precisamente en esas grietas donde aparece lo verdaderamente vivo.

Tal vez el I Ching nos enseña a reconocer esos momentos, a no forzar el curso de las cosas, sino a percibir cuándo el movimiento del mundo permite un gesto, una decisión, un cambio de dirección. La libertad no sería entonces la ilusión de dominar el destino, sino la capacidad de actuar con lucidez en el instante oportuno.

Hay algo profundamente esperanzador en esta visión. No estamos abandonados al caos ni tampoco atrapados en una maquinaria sin salida. Habitamos un territorio intermedio donde el tiempo avanza con su propia lógica y, sin embargo, deja espacios para la conciencia. Vivir quizá consista en aprender a leer esas señales discretas, a aceptar la firmeza de lo inevitable sin dejar de buscar la pequeña apertura que puede transformar el sentido de un camino.

Porque si el tiempo es un libro que nunca terminamos de descifrar, nuestra vida es también la experiencia de ir recorriendo sus páginas con una atención cada vez más despierta. Y puede que la verdadera sabiduría no consista en conocer el final de la historia, sino en reconocer, cuando aparece, esa grieta luminosa donde el sentido se revela por un instante.

 

 

 

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Para mí, la Comunicación es una herramienta indispensable para contribuir al cambio y desarrollo personal y socio-económico. Es el recurso estratégico más importante de cualquier organización e incluso de una persona.
Firme defensora de la importancia de mantener relaciones positivas en todos los ámbitos.
Seguidora del Triple Filtro de Sócrates a la hora de comunicar-me.
Puedes leer más sobre lo que escribo en

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