Me encanta poner nombre a cosas que he sentido, pensado u observado mucho antes de saber que tenían nombre. Quizá sea porque me encantan las palabras. Nombrar algo nos permite reconocerlo, compartirlo y, de alguna manera, incorporarlo conscientemente a nuestra forma de entender el mundo.
Eso fue lo que me pasó cuando descubrí qué era la Doctrina de las Signaturas.
ETNOSFERA y Doctrina de los Signos
Dos conceptos aparentemente muy diferentes que, cuanto más leo sobre ellos, más relacionados me parecen.
Porque ambos hablan, en el fondo, de algo que me interesa profundamente: la relación que los seres humanos hemos construido con la Naturaleza y, especialmente, con el reino vegetal. Una relación muchísimo más antigua que nuestra civilización.
Hubo un tiempo en el que sabíamos leer las plantas
Siempre he sentido una profunda admiración por el reino vegetal. Me fascinan los árboles, las flores, las plantas silvestres y esos paisajes donde la vegetación parece ocuparlo todo. También me han fascinado las historias en las que los árboles hablan, recuerdan o poseen una sabiduría que los seres humanos hemos olvidado: los Ents de Tolkien, Groot, los árboles sagrados de tantas mitologías…
Tal vez esas historias no sean tan arbitrarias como parecen. Durante miles de años los seres humanos hemos mirado a las plantas buscando información. Antes de la escritura. Antes de la medicina moderna. Antes incluso de la agricultura.
Nuestros antepasados tuvieron que aprender qué podían comer, qué podía envenenarles, qué raíz proporcionaba alimento, qué corteza servía para fabricar fibras, qué madera ardía mejor, qué planta aliviaba determinadas dolencias o en qué momento del año aparecía un determinado fruto.
Observar correctamente la Naturaleza podía significar sobrevivir. Y aquel conocimiento fue acumulándose y transmitiéndose de generación en generación.
OBSERVAR → EXPERIMENTAR → RECORDAR → TRANSMITIR
Hasta convertirse en cultura.
La Naturaleza como un gran libro
La Doctrina de las Signaturas partía de una idea bellísima: la Naturaleza podía leerse.
Según esta antigua concepción, las plantas poseían determinadas «firmas», «señales» o «signaturas» que permitían al observador interpretar cuál podía ser su función. Su forma. Su color. Su textura. El lugar donde crecían. Su olor. Su comportamiento. Su semejanza con determinadas partes del cuerpo. Todo podía contener información.
Paracelso (1493-1541), médico, alquimista y una de las figuras históricamente más relacionadas con esta concepción, entendía la Naturaleza desde la correspondencia entre microcosmos y macrocosmos: el ser humano y el universo formaban parte de un mismo orden y, por tanto, podían existir correspondencias entre ambos.
La idea alcanzó un gran desarrollo en la Europa de los siglos XVI y XVII. Giambattista della Porta la desarrolló en Phytognomonica (1588), y posteriormente Jakob Böhme escribiría Signatura Rerum (La firma de todas las cosas) en el siglo XVII. La historiografía ha documentado además diferentes manifestaciones de este pensamiento en tradiciones medicinales y culturales de distintos territorios.
Pero lo que más me interesa de todo ello no es preguntarme si nuestros antepasados «tenían razón» en el sentido científico moderno. Me interesa algo anterior.
La extraordinaria necesidad humana de observar la Naturaleza e intentar descifrarla.
Una nuez y un cerebro
Algunos ejemplos asociados tradicionalmente a la Doctrina de las Signaturas son extraordinariamente visuales.
Una nuez recuerda a un pequeño cerebro. La hepática presenta hojas cuya forma fue relacionada con el hígado. La pulmonaria posee hojas moteadas que antiguamente evocaron el aspecto de un pulmón enfermo. Determinadas plantas con savias o raíces rojizas fueron relacionadas con la sangre. Las alubias recuerdan a los riñones. Una rodaja de zanahoria, con sus círculos concéntricos, puede evocar un ojo. Una rodaja de tomate puede recordarnos determinadas estructuras internas del cuerpo.
Nuestros antepasados establecieron miles de correspondencias de este tipo. Pero aquí debemos separar dos cuestiones.
Que una planta se parezca a un órgano no demuestra que pueda curarlo.
La investigación etnobotánica contemporánea ha cuestionado precisamente que las semejanzas visuales fueran realmente el mecanismo mediante el cual se descubrieron las propiedades medicinales de las plantas. En muchos casos, las «signaturas» pudieron establecerse después de conocer determinados usos y servir para recordarlos, explicarlos o transmitirlos.
Y esto, lejos de hacer que la Doctrina de las Signaturas me resulte menos interesante, hace que me fascine todavía más.
Porque cambia la pregunta. Ya no es:¿La Naturaleza dejó realmente señales para indicarnos para qué sirve cada planta? Sino: ¿Por qué los seres humanos de culturas tan diferentes hemos sentido la necesidad de buscar esas señales?
Y aquí aparece la etnosfera.
La ETNOSFERA: otra forma de entender nuestra relación con las plantas
El antropólogo y etnobotánico Wade Davis popularizó el concepto de etnosfera para referirse al conjunto de conocimientos, creencias, historias, lenguas, intuiciones, mitos y formas de comprender el mundo que la humanidad ha ido creando a lo largo de su existencia.
Me gusta pensar en ella como una especie de memoria colectiva de la humanidad.
Si la biosfera representa la diversidad de la vida, la etnosfera representa la diversidad de las maneras humanas de interpretarla. Y pocas cosas han ocupado tanto espacio en esa memoria como las plantas.
Pensemos en ello.
Durante miles de años alguien tuvo que saber: qué planta recoger; cuándo recogerla; qué parte utilizar; cuál podía comerse; cuál era venenosa; cuál servía para teñir; cuál proporcionaba fibras; qué árbol anunciaba agua; qué flor indicaba un cambio estacional; qué madera servía para construir; qué planta se utilizaba tradicionalmente para aliviar una determinada dolencia.
Y después había que conseguir que ese conocimiento sobreviviera a quien lo había descubierto. No existían bases de datos. Ni fotografías. Ni aplicaciones capaces de identificar una planta en segundos.
Existían personas. Historias. Rituales. Nombres. Símbolos. Analogías. Memoria.
Quizá las Signaturas también fueran una tecnología de la memoria
Y aquí encuentro una conexión especialmente hermosa.
¿Y si algunas signaturas no fueran únicamente una creencia sobre las plantas? ¿Y si también hubieran funcionado como instrumentos culturales para recordar y transmitir información?
Una planta que «parece un pulmón». Una raíz que «parece sangre». Una semilla que «parece un órgano». La asociación visual permite recordar. Y lo que se recuerda puede contarse. Y lo que se cuenta puede sobrevivir.
Algunos trabajos de etnobotánica han planteado precisamente que determinadas signaturas podrían entenderse mejor como asociaciones construidas a posteriori y mecanismos de transmisión del conocimiento que como procedimientos que permitieran descubrir propiedades medicinales.
Desde esta perspectiva, la Doctrina de las Signaturas adquiere para mí otra dimensión. Forma parte de la etnosfera.
No necesariamente porque las señales que nuestros antepasados creían encontrar en las plantas fueran objetivamente reales, sino porque nos hablan de cómo aprendimos a mirar, clasificar, recordar y explicar el mundo vegetal.
Plantas que también viven en nuestras palabras
Hay algo que me fascina especialmente: nuestra relación con las plantas ha quedado grabada incluso en el lenguaje. Los nombres populares de las especies son pequeños archivos culturales.
Pulmonaria. Hepática. Vulneraria. Hierba de San Juan. Diente de león. Cola de caballo. Lengua de vaca. Oreja de oso.
Cada nombre contiene una observación, una semejanza, una utilidad, una historia o una creencia.
Las plantas no solo crecían alrededor de las personas. También crecieron dentro de nuestras lenguas. Y esto es profundamente etnosférico.
Porque cuando desaparece una palabra asociada a una planta puede desaparecer también una pequeña manera de verla.
Las trementinaires: mujeres que transportaban plantas y memoria
Hay una historia que sigo considerando imprescindible para hablar de todo esto. La de las trementinaires de los Pirineos.
Mujeres que recorrían a pie enormes distancias transportando plantas medicinales, aceites, resinas y preparados elaborados gracias a conocimientos transmitidos durante generaciones.
Sabían reconocer especies. Sabían dónde encontrarlas. Cuándo recogerlas. Cómo conservarlas. Cómo preparar determinados remedios tradicionales.
Pero ahora pienso que aquellas mujeres transportaban algo mucho más importante que hierbas y ungüentos. Transportaban etnosfera.
Cada planta llevaba asociada una información. Cada preparación, una técnica. Cada nombre, una clasificación. Cada recorrido por la montaña, una geografía aprendida. Cada conversación con otra mujer, una transmisión de conocimiento.
Y cuando una trementinaire enseñaba a otra persona a reconocer una planta, aquella información podía continuar viajando incluso cuando ella ya no estuviera.
Cuando desaparece una planta podemos perder dos patrimonios
Esta relación adquiere hoy una dimensión especialmente preocupante. Porque estamos perdiendo biodiversidad.
Pero también podemos estar perdiendo conocimiento sobre la biodiversidad. Y no son exactamente lo mismo.
Puede desaparecer una especie. Pero también puede desaparecer el nombre que una comunidad utilizaba para identificarla. La técnica para prepararla. La historia que explicaba su origen. El momento preciso en que se recolectaba. La canción que la mencionaba. La persona que sabía encontrarla.
La UNESCO reconoce precisamente los conocimientos y prácticas relacionados con la naturaleza y el universo como una de las grandes categorías del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad.
Conservar biodiversidad y conservar diversidad cultural son, por tanto, cuestiones mucho más próximas de lo que solemos pensar.
No se trata de elegir entre ciencia y tradición
Aquí quiero hacer una precisión que hoy considero necesaria.
Reivindicar estos conocimientos no significa convertir toda tradición en verdad científica.
La ciencia moderna dispone de herramientas que nuestros antepasados no tenían para identificar principios activos, estudiar toxicidad, determinar mecanismos fisiológicos o comprobar mediante ensayos si una determinada sustancia produce realmente un efecto terapéutico.
Y gracias a ellas sabemos que algunas creencias tradicionales tenían fundamento, otras solo parcialmente y otras no lo tenían.
La Doctrina de las Signaturas pertenece fundamentalmente a la historia de las ideas, de la medicina, de la botánica y de nuestra relación cultural con la Naturaleza. La investigación histórica documenta su importancia y difusión, pero no respalda la idea de que la semejanza entre una planta y un órgano constituya evidencia de eficacia terapéutica.
Reconocerlo no destruye su belleza. Nos permite contemplarla desde otro lugar.
Su verdadero valor no consiste quizá en demostrar que las plantas nos hablan mediante códigos secretos, sino en mostrarnos hasta qué punto nosotros hemos necesitado conversar con ellas.
Volver a mirar
Vivimos rodeados de una cantidad de información que ninguna generación anterior habría podido imaginar. Podemos identificar una planta con un teléfono móvil. Consultar en segundos su taxonomía. Conocer su composición química. Localizar investigaciones científicas realizadas en cualquier lugar del planeta.
Y, paradójicamente, quizá muchas personas sepamos reconocer menos plantas de nuestro entorno que nuestros abuelos.
Por eso no propongo regresar a una visión idealizada del pasado. Propongo algo mucho más sencillo.
Volver a mirar.
Mirar una hoja. Preguntarnos por qué tiene esa forma. Observar cómo busca la luz. Reconocer cuándo florece. Aprender su nombre. Preguntar cómo la llamaban nuestros abuelos. Investigar qué usos tuvo.
Separar después lo demostrado de lo simbólico, lo medicinal de lo cultural, la evidencia de la creencia. Pero conservarlo todo como conocimiento de nuestra historia. Porque el reino vegetal no ha sido simplemente el decorado sobre el que se desarrolló la aventura humana.
Ha sido alimento, medicina, refugio, combustible, herramienta, símbolo, mito, lenguaje y conocimiento. Ha formado parte de nuestra biosfera y también de nuestra etnosfera.
Comprender esta doble pertenencia nos ayuda a mirar una planta de una manera diferente. No solo como un organismo vivo. Sino también como el punto de encuentro entre dos historias extraordinariamente antiguas:
la historia de la vida y la historia de cómo los seres humanos hemos aprendido a interpretarla.
Tal vez por eso sigo pensando que hay siempre un libro abierto ante nuestros ojos: La Naturaleza.
El broche final a este post lo ponen un maravilloso documental sobre unas extraordinarias mujeres que antaño viajaban, en pareja y a pie, por los inhóspitos valles de Los Pirineos portando hierbas medicinales que recogían y ungüentos que preparaban gracias a la sabiduría adquirida generación tras generación. Los ungüentos que preparaban, como el aceite de enebro o el de abeto, y por supuesto, la trementina, aliviaban dolores e incluso salvaban vidas.
Y una maravillosa lectura: ‘La invención del reino vegetal’ de Aina S. Erice quien también realiza unos bellísimos podcasts sobre plantas.
»Hay siempre un libro abierto para todos los ojos: la naturaleza» (Jean-Jacques Rousseau)
Hubo un tiempo en el que los seres humanos tenían raíces. A través de los árboles permanecían unidos a la Tierra y al entorno. Nuestros ancestros consideraban el árbol como protagonista, centro, origen y futuro del mundo. Los seres humanos compartimos la misma raíz. Cualquiera que sea nuestro origen, raza o sistema de creencias, el árbol puede considerarse un punto de acuerdo y encuentro natural. Innumerables mitos de todo el mundo cuentan cómo, al principio de los tiempos, el cielo y la tierra se comunicaban entre sí a través de los árboles o por medio de un árbol primigenio. El árbol es una presencia constante en la memoria colectiva de todos los pueblos, un eje común tanto en lo físico como en lo espiritual.