Los oficios que desaparecen también tienen cosas que enseñarnos

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El valor y el legado de un oficio va más allá de cuando desaparece

Hubo un tiempo, no demasiado lejano, en el que por los caminos de muchos pueblos españoles podía aparecer un hombre cargando unas tijeras, una máquina manual de esquilar y unas pocas herramientas más. Iba de pueblo en pueblo, de cortijo en cortijo, buscando trabajo.

Era pelador de bestias.

“Bestias” era entonces una palabra cotidiana para referirse a los animales que sostenían buena parte del trabajo agrícola: burros, mulas y caballos. Pelarlos no era simplemente cortarles el pelo.

Había que saber acercarse al animal, sujetarlo sin hacerle daño, interpretar sus movimientos, conocer cuándo convenía esquilarlo y manejar unas herramientas que exigían precisión y experiencia.

Había incluso quienes convertían el trabajo en una pequeña manifestación artística y dejaban sobre la grupa del animal espigas, estrellas, flechas, ramos o dibujos geométricos.

Hoy resulta difícil imaginar que alguien pudiera ganarse la vida recorriendo los pueblos para pelar burros y mulas. Pero durante generaciones fue un oficio. Y quizá precisamente por eso merece la pena detenernos a observarlo.

Porque detrás de los oficios que desaparecen hay algo más que nostalgia. Hay conocimiento (Etnosfera)

Cuando una profesión nace de una forma de vida

Las profesiones no aparecen por casualidad. Surgen porque una sociedad necesita resolver determinados problemas.

Mientras los animales fueron imprescindibles para arar, transportar mercancías, mover norias o desplazarse, alrededor de ellos existió todo un universo profesional. Había herradores, guarnicioneros, albarderos, esquiladores, tratantes…

Cada oficio ocupaba un lugar dentro de un sistema económico y social. El pelador de bestias formaba parte de ese mundo.

Tradicionalmente, las caballerías podían esquilarse en determinados momentos del año. El trabajo ayudaba a mantener limpio el animal, facilitaba su cuidado y podía contribuir al control de parásitos. Antes de comenzar, el esquilador utilizaba instrumentos como la almohaza, un rascador metálico empleado para limpiar y cepillar el pelo.

Después llegaban las tijeras o las máquinas manuales de esquilar. Pero la herramienta más importante probablemente no podía guardarse en ninguna caja. Era la experiencia.

Saber cómo reaccionaría una mula. Cómo colocarse junto a un caballo. Cuándo detenerse. Cómo sujetar al animal. Cómo reconocer su estado. Cómo trabajar con rapidez sin perder precisión.

Conocimientos que rara vez estaban escritos. Se aprendían mirando. Preguntando. Practicando. Equivocándose. Y acompañando durante años a quienes ya sabían hacerlo.

El conocimiento que no estaba en los libros

El antropólogo canadiense Wade Davis popularizó un concepto que me parece especialmente útil para comprender el valor de estos conocimientos: la etnosfera.

Si la biosfera comprende la diversidad de la vida, la etnosfera puede entenderse como el conjunto de conocimientos, lenguas, historias, creencias, prácticas y formas de comprender el mundo desarrolladas por las distintas culturas humanas.

Desde esta perspectiva, un oficio tradicional es mucho más que una manera antigua de ganarse la vida. Es también un pequeño depósito de conocimiento colectivo.

El pastor que sabía interpretar el comportamiento del rebaño. La persona que conocía qué plantas podían utilizarse en determinadas situaciones. El agricultor capaz de anticipar ciertos cambios meteorológicos observando el cielo, los animales o la vegetación. El herrador que comprendía cómo debía apoyar una caballería. El pelador que sabía tranquilizar una mula antes de acercarle las tijeras.

No significa que todos esos conocimientos fueran necesariamente correctos. También las sociedades tradicionales tuvieron creencias equivocadas, prácticas mejorables y conocimientos que posteriormente fueron superados por la ciencia.

Reivindicar el conocimiento tradicional no significa idealizar el pasado.

Significa algo bastante más interesante: reconocer que generaciones de personas acumularon observaciones y soluciones surgidas de una relación cotidiana con su entorno y preguntarnos cuáles siguen teniendo valor.

Un oficio que desapareció cuando cambió el campo

La desaparición del pelador de bestias tiene una explicación bastante sencilla. Cambió la agricultura.

Durante el siglo XX, la mecanización sustituyó progresivamente la fuerza animal por tractores y maquinaria agrícola. Al desaparecer millones de animales de trabajo, dejaron también de ser necesarios muchos de los profesionales que vivían alrededor de ellos. El proceso resulta perfectamente lógico.

Las profesiones no son estructuras inmóviles. Evolucionan con la tecnología, la economía y las formas de vida. Algunas desaparecen. Otras se transforman. Y otras que hoy nos parecen completamente normales ni siquiera existían hace unas décadas.

Probablemente dentro de cincuenta años alguien contemplará algunas de nuestras profesiones actuales con la misma curiosidad con la que nosotros observamos hoy al pelador de bestias. No deberíamos interpretar necesariamente ese proceso como una pérdida.

La capacidad de transformar nuestros oficios es también una extraordinaria capacidad humana de adaptación.

El problema aparece cuando desaparece la profesión y, con ella, dejamos desaparecer también todo el conocimiento que contenía.

Lo que sabía un pelador de bestias

En 2001, el documentalista y etnógrafo Eugenio Monesma grabó en El Castillo de las Guardas, en Sevilla, a Miguel Rodríguez ejerciendo este antiguo oficio.

Miguel recordaba que en otros tiempos había más de cuatrocientas “bestias” en aquella zona. Burros y mulas formaban parte del paisaje cotidiano y proporcionaban trabajo a peladores y herradores. Cuando Monesma lo grabó, Miguel era ya el último pelador de burros de la localidad.

En otra de sus documentaciones etnográficas aparece Emilio Mercadal, esquilador de caballerías en Clamosa, Huesca. Su trabajo permite observar algo que hoy puede sorprendernos: después del esquilado podía decorar la grupa de los animales dejando dibujos realizados sobre el propio pelo.

Una espiga podía aparecer perfectamente recortada sobre una mula. Utilidad, conocimiento y estética convivían dentro del mismo oficio. No era algo excepcional en las sociedades rurales.

Muchos objetos que hoy conservamos en museos etnográficos demuestran que nuestros antepasados dedicaban tiempo a decorar herramientas, carros, yugos, cerámicas, tejidos o utensilios que tenían funciones eminentemente prácticas.

La belleza no estaba necesariamente separada de la utilidad. Quizá también haya ahí una pequeña enseñanza.

No todo conocimiento antiguo es conocimiento obsoleto

Nuestra sociedad tiende a identificar con facilidad dos conceptos que no son exactamente lo mismo:

antiguo y obsoleto.

Una tecnología puede quedar obsoleta porque encontramos otra más eficiente. Pero el conocimiento asociado a ella puede conservar valor.

Un oficio relacionado con animales puede contener conocimientos sobre comportamiento y bienestar animal. Una técnica agrícola tradicional puede enseñarnos algo sobre suelo, agua, biodiversidad o adaptación climática. Una construcción popular puede contener soluciones de arquitectura bioclimática. Las prácticas comunitarias relacionadas con montes, pastos o agua pueden ayudarnos a comprender determinadas formas de gestión colectiva de los recursos naturales. Eso no significa regresar al pasado.

Significa hacer algo mucho más inteligente:

examinarlo.

Preguntarnos qué funcionaba, qué no funcionaba y por qué. La innovación no siempre consiste en empezar desde cero. En ocasiones consiste en recuperar una idea antigua, comprenderla mejor y adaptarla utilizando el conocimiento científico y las herramientas actuales.

Profesiones que cambian porque nosotros cambiamos

Hay además otra reflexión que estos oficios nos permiten hacer. A veces hablamos de la desaparición de determinadas profesiones como si el fenómeno perteneciera exclusivamente al pasado. No es así. Está ocurriendo ahora mismo.

La digitalización, la automatización, la inteligencia artificial, la transición energética, los cambios demográficos y las nuevas demandas sociales están transformando profundamente nuestro mercado laboral.

Algunas tareas desaparecerán. Muchas profesiones cambiarán. Y aparecerán otras que todavía no sabemos nombrar.

Exactamente igual que ocurrió cuando el tractor llegó al campo. Por eso quizá la historia del pelador de bestias contiene también una lección extraordinariamente contemporánea:

no debemos confundir una profesión con el conjunto de capacidades humanas que existen detrás de ella.

Puede desaparecer una tarea, pero permanecer habilidades enormemente valiosas: observación, destreza manual, paciencia, capacidad para resolver problemas, conocimiento del entorno, relación con los animales, creatividad o adaptación. Las herramientas cambian. Las necesidades cambian. Los oficios cambian.

Pero muchas competencias humanas encuentran nuevas maneras de expresarse.

Conservar no significa congelar

Existe una tentación comprensible cuando hablamos del patrimonio rural: convertir el pasado en una fotografía idealizada. No creo que sea el mejor homenaje que podamos hacerle.

La vida rural tradicional fue también dura. Muchos trabajos exigían enormes esfuerzos físicos, las jornadas eran largas y determinadas condiciones laborales que hoy consideraríamos inaceptables formaban parte de la normalidad.

Por eso conservar la etnosfera no significa intentar vivir como vivían nuestros bisabuelos. Significa documentar aquello que sabían antes de que desaparezca. Escuchar a las personas mayores. Registrar vocabulario. Fotografiar herramientas. Grabar técnicas. Recuperar historias. Investigar prácticas. Contrastar esos conocimientos con la ciencia actual. Y preguntarnos qué pueden aportar a los problemas del presente.

Porque cuando muere la última persona que sabe hacer algo y nadie se ha preocupado por aprenderlo o documentarlo, no desaparece solamente un oficio. Desaparece una pequeña biblioteca.

Quizá deberíamos mirar de otra manera los oficios que desaparecen

Es fácil contemplar al último pelador de bestias como una curiosidad etnográfica. Mucho más interesante es verlo como el último depositario de una determinada forma de conocimiento. Sus herramientas probablemente ya no nos hacen falta. Su profesión, tal como existió durante generaciones, seguramente tampoco.

Pero su manera de observar, aprender y relacionarse con los animales pertenece a una historia mucho más amplia: la historia de cómo los seres humanos hemos aprendido a desenvolvernos en nuestro entorno.

Y esa historia continúa.

También nosotros estamos creando conocimientos, profesiones y formas de vida que algún día desaparecerán. Quizá por eso deberíamos aprender a despedir los oficios de otra manera. No intentando conservarlos artificialmente cuando ya han perdido su función. Tampoco contemplándolos únicamente con nostalgia. Sino haciéndoles una última pregunta antes de que desaparezcan:

¿Qué sabías tú que todavía merece la pena que nosotros aprendamos?

Avanzar no debería significar olvidarlo todo.

A veces, una sociedad verdaderamente innovadora no es la que mira únicamente hacia delante, sino la que sabe reconocer qué conocimientos del camino recorrido merece la pena llevar consigo.

 

Créditos vídeo: Eugenio Monesma (documentalista que recoge testimonios de oficios tradicionales)

 

 

OTROS OFICIOS:

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Para mí, la Comunicación es una herramienta indispensable para contribuir al cambio y desarrollo personal y socio-económico. Es el recurso estratégico más importante de cualquier organización e incluso de una persona.
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