“Las críticas no serán agradables, pero son necesarias.” (Winston Churchill)
Las críticas rara vez resultan agradables. A veces incluso duelen. Sin embargo, bien gestionadas pueden convertirse en una poderosa herramienta de desarrollo personal y, por extensión, profesional.
Ante una crítica, muchas personas reaccionan a la defensiva. Aproximadamente un 70 % se siente herido, un 20 % la rechaza negándola y solo un 10 % se detiene a reflexionar con calma para valorar si debe cambiar algo.
En mi opinión, el problema es que no nos educan ni para hacer críticas de forma constructiva ni para recibirlas con apertura.
“La mejor crítica es la que no responde a la voluntad de ofensa, sino a la libertad de juicio.” (Fernando Sánchez Dragó)
¿A quién no le ha pasado que, cuando alguien cuestiona nuestras palabras, acciones o escritos, sentimos el impulso inmediato de justificarnos?
Probablemente porque muchos hemos recibido críticas mal hechas, a veces desde muy pequeños y, en ocasiones, de personas cercanas. Esa memoria negativa pesa. La crítica tiene mala fama. Los criticones, también. Por eso mucha gente evita criticar para no generar conflictos… ni convertirse en objeto de crítica. Hablamos, claro, de críticas negativas. Porque también existen críticas positivas; basta pensar en la crítica de cine o de arte. En este post quiero mirar la crítica desde otro ángulo.
Vayamos por partes
No suena igual que te digan que tienes una actitud crítica a que te digan que criticas mucho. Una actitud crítica implica analizar, discernir, cuestionar. Es algo positivo. Criticar también puede serlo, siempre que se haga con respeto y sentido constructivo.
La RAE define criticar como analizar algo con detalle y valorarlo según determinados criterios. En el fondo, una crítica no deja de ser una opinión. El término procede del latín criticus y del griego kritikós, que significa “capaz de discernir”. Es decir: separar, distinguir, decidir. Eso es, precisamente, lo que hace una crítica.
Hacer una crítica debería ser siempre un acto constructivo. No tendría ni que existir la expresión “crítica constructiva” para diferenciarla de otras dañinas. Cuando opinamos sobre algo o alguien debería existir una intención clara de aportar valor: señalar errores, aclarar ideas, mejorar resultados o proponer soluciones. Nunca debería utilizarse para atacar, ridiculizar o infravalorar.
Para recibir críticas con serenidad también hace falta autoestima. Si no, es fácil interpretarlas como un ataque personal.
En entornos educativos y profesionales debería ser habitual tanto hacer críticas como recibirlas. Siempre he pensado que sería muy útil que desde la educación secundaria se enseñaran habilidades como la retórica, la oratoria o el debate. Aprender a argumentar, a defender ideas y a escuchar las de otros ayudaría mucho a normalizar la crítica como parte del aprendizaje.
Las habilidades sociales e interpersonales son cada vez más importantes en el mundo profesional.
¿Cómo usar la crítica como herramienta de mejora continua?
Aquí van algunas ideas sencillas:
- La crítica debe dirigirse al contenido, no a la persona.
- El tono debe ser neutro, claro y respetuoso. El lenguaje ha de sumar, no restar.
- Conviene explicar el motivo del comentario: para qué se hace.
- Es mejor opinar sobre asuntos que nos afectan directamente y en el contexto adecuado.
- Formular una crítica como observación es muy distinto a hacerlo como juicio.
- Una crítica no es una queja. Quejarse no aporta soluciones.
- Las críticas se escuchan mejor cuando se acompañan también de reconocimiento.
- Si recibes una crítica negativa, evita contraatacar… pero tampoco la aceptes sin pensar.
- La mejor crítica suele venir acompañada de una propuesta de mejora.
¿Por qué algunas personas critican de forma negativa?
A veces detrás hay inseguridad, insatisfacción, envidia, necesidad de atención o una autoexigencia excesiva que también se proyecta hacia los demás. Aquí aparece lo que algunos llaman la “ley del espejo”: aquello que criticamos con dureza en otros a menudo refleja algo que no hemos resuelto en nosotros mismos.
Dado que ni en casa ni en la escuela solemos aprender estas habilidades, sería muy positivo que empresas y organizaciones ofrecieran formación sobre comunicación interpersonal y gestión del feedback. De hecho, diversos estudios muestran que los equipos donde las personas pueden expresar opiniones y críticas con libertad generan más ideas creativas.
También ha ocurrido lo contrario: empresas que han fracasado porque sus empleados no tenían espacio para opinar. Un equipo que no sabe hacer ni recibir críticas está desaprovechando parte de su potencial. La forma en que respondemos a una crítica condiciona su efecto. Al final, una crítica es solo un punto de vista diferente. Y, bien utilizada, siempre aporta información. El reto consiste en gestionarla de manera que nos ayude a mejorar.
Una buena crítica debería ser oportuna, reflexiva, empática, concreta y centrada en los hechos, no en la persona. Una persona madura debería estar abierta a escuchar opiniones distintas, aceptar que siempre se puede mejorar… pero también mantener su criterio cuando no esté de acuerdo. Saber dialogar es un arte. Y dialogar implica saber hacer y recibir críticas.
“Al igual que ocurre con el miedo, las conversaciones difíciles son grandes creadoras de conciencia.” (Jorge Cuervo)
Un último detalle curioso: crítico proviene del griego kritikós, “el que juzga o decide”. Una situación crítica es, precisamente, aquella en la que debemos tomar una decisión.
- Un crítico analiza y valora.
- Un aristarco es un crítico experto… pero excesivamente severo.
- Un criticastro critica sin conocimiento.
- Un criticón lo critica todo.
Tal vez la clave esté en no convertirnos en ninguno de los tres últimos.
Broche final
Quiero terminar esta entrada recomendando este inspirador documental sobre la vida del pianista y maestro Menahem Pressler: ‘La vida que amo’ (se puede ver en Filmin).
Rescato una frase de este gran virtuoso en su faceta de profesor de música cuando habla sobre sus alumnos:
”Mi crítica no es para derrumbarlos. Quiero ayudarles a mejorar. Mi crítica puede ser muy dura. Muchos profesores suelen decir ”Está bien”; pero eso no lo recordarán los estudiantes. Mi crítica sí la recordarán. Yo las críticas las recuerdo muy bien” (Menahem Pressler).